Introducción
«Los jefes son como las nubes,
cuando desaparecen el día
se vuelve maravilloso».
–Desconocido–
La clásica relación jefe-subordinado está experimentando una importante modificación en el mundo empresarial de nuestros días, que se manifiesta en una redefinición de los esquemas de poder, de las relaciones de «dominación» y de dependencia —quién necesita a quién.
Más o menos hasta mediados del siglo XX existió una auténtica dictadura en las empresas donde reinaba la cultura del sometimiento de obreros y empleados, herencia natural del antiguo modelo del trabajo manual y artesanal que tuvo su origen en los albores de la era industrial.
Para entonces, quienes dirigían a las empresas eran percibidos y tratados como reyes, literalmente, y eran acompañados a diario por obreros, empleados y profesionales que hacían más bien las veces de súbditos, siempre dispuestos y obligados a obedecer, sin opinar ni cuestionar, cualquier orden. La verdad es —y aunque suene terrible—que tenían que hacerlo: necesitaban el trabajo. De lo contrario, engrosarían con plena seguridad las filas de millones de desempleados que esperaban con avidez el despido de cualquier «rebelde» o «ineficiente» trabajador.
En estos tiempos, por fortuna, la situación es bien diferente. Aunque sigue existiendo el desempleo y la necesidad de un trabajo estable, los trabajadores de hoy día son dueños de una conciencia de dignidad mucho mayor, que les impide aceptar el maltrato de «capataces» amparados en su fama, su chequera, su traje y su corbata.
Más que una actividad manual, el trabajo en nuestros días es más bien un proceso intelectual. Los trabajadores de hoy son exigentes, sofisticados, mejor instruidos, manejan procesos y tecnologías de avanzada y se mantienen actualizados. Al contrario de los temerosos obreros del capataz, no están dispuestos a cumplir órdenes a ciegas; necesitan tener la libertad de cuestionarlas cuando lo consideren necesario. Esperan y merecen ser respetados, valorados y reconocidos, y prefieren ser inspirados antes que mandados. Procuran liderazgo, no jefatura. Quieren autonomía y confianza, ofrecer su talento y dar lo mejor de sí, a pesar de sus superiores.
Esto tiene altamente preocupados a los Jefes. Los «subordinados» de hoy ya no son como los de antes, han evolucionado con los tiempos. Los Jefes, para su desventura, no se han preocupado por hacerlo al mismo ritmo, e insisten en anacrónicas actitudes como la de dar órdenes y, con un descaro y una ceguera totales, pretenden que sus colaboradores se sientan igualmente «motivados». Claro que esta situación no es fortuita: en las empresas sigue privando el modelo jefe-subordinado porque eso aprendieron los jefes de hoy de sus antiguos superiores, éstos de los suyos y así hasta remontarnos al origen de la cadena: los primeros días del capatazgo.
Por más que se insista en horizontalizar las estructuras organizacionales —y vaya si se ha insistido en los últimos años—, la pirámide que expresa el control que ejercen los de arriba sobre los de abajo aún goza de muy buena salud. La razón —para despecho de la reingeniería de procesos, la gerencia de operaciones y otros recursos— no es externa: si bien hacer pasar una organización de la estructura piramidal a la matricial puede resultar de gran ayuda, no es suficiente. La pirámide seguirá existiendo en la mente del gerente y en la vanidad de ser jefe.
Y es que eso de ser Jefe ofrece una serie de privilegios con los que se hace muy fácil controlar y mandar a otros. Los Jefes, en principio, tienen poder, la posibilidad de contar con temerosos «subordinados» sin más opción que obedecer órdenes con pleitesía. Para muchos, dominar y controlar a otros reporta una importante cuota de placer y hasta de autorrealización. Es un sentimiento de superioridad que sobrevive en nuestra memoria colectiva desde los remotos tiempos de la esclavitud.
Naturalmente, las consecuencias en el «sometido» son nefastas. A nadie le gusta ser controlado, ser tratado como inferior. A menos que sufra de algún tipo de patología, a nadie le gusta que le griten, le que sometan, que le humillen. Y sin embargo, cuánta gente soporta todo eso en nombre de la «necesidad». Un posible monólogo interior de alguien en estos aprietos: «Vamos, jefecito, aprovecha, que no te voy a durar para siempre… Mientras tanto, te obligaré a estar pendiente de mí y de mi mediocre entusiasmo y mi falsa lealtad, porque no pienso darte más que lo mínimo necesario… Que no se te olvide que sigo aquí por el dinero, no esperes absolutamente nada de mí… ¡Te espero en la bajadita, jefecito, con todos los cartuchos de mi resentimiento!
Hay, sin embargo, grandiosos ejemplos de jefes que han trascendido la miseria de su herencia y se han comprometido con el desarrollo de su liderazgo. Ellos saben que a nadie le gusta que le hagan sentir inferior ni controlado; por eso usan la influencia para motivar a sus seguidores: la habilidad de lograr sus objetivos a base de entusiasmo.
Los líderes valoran y reconocen los méritos y virtudes de sus seguidores porque se sienten internamente valiosos y seguros de sí mismos. Por lo tanto no es una amenaza para ellos hacer sentir valiosos a otros. Para una clásica mente de capataz, es inaudito que los líderes hagan sentir poderosos a quienes no poseen la jerarquía ni el poder. Los líderes saben que si su gente se siente fuerte lograrán resultados extraordinarios, y si se sienten débiles caerán bajo el peso de los desafíos. Por eso los líderes son superiores, por ello se ganan el respeto y la admiración de su gente.
Este libro busca:
…mostrar a los jefes qué le está pasando a su gente (y refrescarle lo que se les olvidó cuando se hicieron jefes)
…insistir en la necesidad imperiosa de cambiar de modelo. Para alcanzar metas y resultados extraordinarios, se necesita gente extraordinaria.
…acciones concretas que nos permita abandonar el paradigma «Jefe-Capataz» y movernos al nuevo paradigma «Jefe-Líder»: la persona que, aún provista de autoridad y poder, elige usar la influencia.
…darle al oficio de dirigir a otros y obtener resultados una relevancia poderosa, como sin duda alguna se lo merece.